Extradición de los testigos (El Nuevo Siglo, 14 de mayo de 2008)
Última edición: 14 de mayo de 2008
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A estas horas la cúpula de los paramilitares, repentinamente narcotraficante pura, estará rindiendo o próxima a rendir indagatoria en los Estados Unidos por sus exportaciones de cocaína. Los 50, 100 o 200 kilos de droga ilícita de los indictment preponderarán sobre las montañas de cadáveres, las conexiones con los políticos corruptos, la lesiva hendidura democrática, la depredación y el horror causados en el país. Pero no podrá cubrirse la noche fúnebre que ha vivido Colombia durante las últimas décadas con el manto de unos procesos judiciales que, si importantes, no corresponden al tamaño de los crímenes de guerra y los delitos de lesa humanidad que, acorde con los postulados de la modernidad jurídica, han herido al mundo entero.

El golpe a la denominada Ley de Justicia y Paz, y seis años del proceso de Ralito echados por la borda, demuestran que todo lo que la misma administración concibió y lo acontecido durante el largo lapso podría terminar en una frustración indecible. De repente, cuando ciertos jefes paramilitares comenzaban a señalar fosas, a decir la verdad y ello servía a la Corte Suprema de Justicia para sus investigaciones, los testigos son extraditados intempestivamente, sin hacer diferencia alguna entre quienes colaboraban con las autoridades y quienes se mantenían al margen o habían reincidido.

Se sabía que desde el mismo comienzo del proceso algunos de ellos buscaban contactos directos con Estados Unidos para una negociación judicial y es lo que finalmente ha prosperado, pues podrán declararse culpables de aquellos cargos exclusivamente referidos al narcotráfico que allí se les imputan y cuyas sanciones podrán reducir entregando información sobre rutas. De manera que sentencias de diez a veinte años se verán reducidas en la negociación a cifras menores con el agravante de que sus demás actividades serán totalmente marginales dentro del acervo probatorio de Estados Unidos. Y cuando cumplan dichas penas ya será irrisorio pedir su devolución a Colombia, de manera que permanecerán en Estados Unidos, cubiertos incluso de la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, a la que temían verdaderamente.

Lejos, pues, está ese tipo de extradición de ser el factor disuasivo que fue hace veinte años y que hoy, ciertamente no sirve para alejar a la gente de caer en las tentaciones narcotraficantes, sino que, además, pareciera evadir las consecuencias de la máquina de terror y barbarie sembrada al alero de la cocaína. Desde luego la extradición sigue siendo válida, pero se requiere que sirva sinceramente para mejorar el entorno global colombiano.

Los débiles anuncios de que existen convenios con Estados Unidos para traslado de pruebas, no satisfacen. Tales circunstancias suelen ser muy complejas, con términos excesivamente largos y bajo el querer de uno u otro fiscal norteamericano, dependiendo de su jurisdicción y voluntad. Pero nos resistimos a creer que Estados Unidos podría caer en ese juego. No se trata sólo de recurrir al expediente de que con los dineros incautados resarcirán a las víctimas, como si ello se tratara de un soborno para tapar la boca, sino que Colombia necesita esclarecer la verdad para recuperar la democracia, volver por los fueros de la dignidad y retornar al concierto de naciones civilizadas.

En cuanto a las investigaciones de la parapolítica, la Corte Suprema de Justicia tendrá suficientes argumentos a los ojos del mundo entero no sólo para pedir a Estados Unidos diligencia y eficacia para hacer pronta y debida justicia sobre quienes cayeron en las alianzas espurias, sino que por igual podrá seguir recurriendo a testigos que hacían parte de las escoltas o los cuerpos de menor jerarquía.

Hoy creemos que el problema se ha internacionalizado de una manera más contundente. Y en manos de demócratas y republicanos, trenzados en la campaña electoral, se sabrá quiénes están del lado de la defensa de los Derechos Humanos y quiénes van a permitir que en unas sentencias por narcotráfico se sepulte todo lo que se debe a las víctimas y a la democracia colombianas. 
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