"Recuerdo que en mi propia remota infancia, cuando me portaba mal, me mandaban sentarme en un banquito en una esquina del corredor de mi casa, con la mirada puesta en la pared hasta nueva orden... Y confieso que aunque no corresponsan al ideal pedagógico, incluso esos ratos tan humillantes y espantosamente interminables de meditación forzosa producían sus buenos frutos: siempre reconocía mi error y salía a pedir perdón".